Intervención en crisis. Cuando la ocupación deriva en preocupación

La crisis económica transforma al ciudadano de a pie en una mente preocupada. Atrás quedaron los “empleos para toda la vida”, la seguridad de hacer frente a los pagos y las hipotecas, la capacidad de ahorro, las inversiones…. La incertidumbre acerca de los acontecimientos futuros junto a un estilo pesimista de pensamiento, generan frecuentes fantasías de contenido amenazante para la seguridad y el bienestar personal. Aparecen sentimientos de miedo o temor acompañados de estados fisiológicos de alerta y ansiedad que son motivos frecuentes de consulta en los Centros de atención primaria de salud.

A pesar de que el ser humano se  caracteriza por su capacidad de ser consciente, prever y adelantarse a los acontecimientos, no siempre parece ser éste un mecanismo adaptativo.

Se diría que dicha capacidad permite anticiparse con éxito a las posibles adversidades futuras, desarrollando habilidades emocionales y de solución de problemas. En realidad éste es un mecanismo útil cuando se trata de problemas susceptibles de solución que están bajo el control de quien los sufre. Si el despliegue del nuevo repertorio conductual y emocional modifica la situación problemática, aumenta el sentimiento subjetivo de autocontrol y en consecuencia, disminuye la ansiedad.  Así se convierte en un mecanismo de actuación poderoso y reforzante.

Pero ¿qué ocurre cuando se trata de problemas de difícil solución, o cuándo la solución depende mayoritariamente de factores externos a uno, o cuándo se convierte en un mecanismo excesivo presente incluso ante probabilidades muy remotas de que ocurra lo que se teme?. La persona queda atrapada en un bucle de preocupación estéril que, lejos de procurar el alivio de la ansiedad, la aumenta. De esta forma y progresivamente, acaba preocupándose por estar continuamente preocupada perdiendo el objeto y por tanto, la eficacia, de su anticipación ante posibles sucesos futuros. Así, los trastornos de ansiedad y trastornos adaptativos son cada vez más frecuentes.

Una alternativa a la preocupación excesiva consiste en preguntarse ¿qué evidencias existen de que elaborando preocupaciones por algo que únicamente existe en la fantasía (puesto que desconocemos el futuro) se asegura un afrontamiento más eficaz de lo que está por ocurrir?. Dicho de otra manera, ¿cómo saber qué hubiese ocurrido de no haber existido la preocupación previa?. Puesto que no existe la posibilidad de volver al pasado, no hay forma humana de saber que el afrontamiento de los acontecimientos es producto de la preocupación previa. En definitiva, se trata de liberarse del control excesivo que  paradójicamente tiene como resultado el descontrol al perseverar en pensamientos o rumiaciones infructuosas. En su lugar, confíe en su capacidad de procesar lo que ocurre en el presente y en la intuición (de la que se hablará más extensamente en otra entrega).

Para empezar, puede probar con una nueva práctica de Gestión de las preocupaciones:

Posponga cualquier tema de preocupación a una única franja horaria del día (previamente planificada). Así comenzará a recuperar su sentimiento de autocontrol.

Trate sus motivos de preocupación durante ese tiempo y hágalo escribiendo acerca de ello. Esfuércese por redactar una definición concreta y acotada de cada uno de sus problemas y genere posibles soluciones cuya ejecución esté en sus manos. Abandone aquellos que no las tienen.

Redacte y elabore un Plan de acción con la puesta en marcha de las alternativas de solución que crea más convenientes. Márquese una fecha para evaluar su eficacia.

Guarde dicho material en un archivo de Gestión de las preocupaciones y ocúpese de su actualización durante el tiempo predestinado para ello. Una norma importante a seguir es que mientras continúen sus preocupaciones, no debe abandonar esta ocupación aunque llegado el momento no le apetezca. Así es como podrá recuperar el sentimiento de control sobre los problemas de la vida diaria.

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